La importancia del juego. ¿Para qué jugamos en el proceso interventivo?

Autoras: Ps. Jessica Baeza Reyes. Ps. Claudia Mardones Vegas.

Dentro de las actividades que favorecen la interacción entre un(a) niñ@ y un adulto se encuentra el juego. Desde este espacio de interacción nace la posibilidad de conexión con los/as niñ@s a través de una vinculación sencilla y lúdica, que nos permite conocer su particularidad y su mundo interno, en el cual encontraremos diferentes matices y emociones que acceden a la expresión de su sentir y representaciones acerca de su realidad desde su propia creación.

Los niñ@s pueden permitirse en el juego un lenguaje único, acompañado de un espacio vincular en el que pueda “construir su mundo”. Pero ¿para qué jugamos en el proceso interventivo? El juego es relevante ante la necesidad de valorizar las legítimas formas de comunicación de los/as niñ@s, aquí de manera respetuosa podemos ser espectadores de la(s) escena(s) que él o ella quieran representar y/o invitarnos a la creación conjunta respecto de su mundo y posibilitar la expresión de la vivencia, que desde el mismo juego puede favorecer su resignificación.

En este sentido, el juego se constituye como una herramienta significativa que favorece la externalización en los/as niñ@s. Es relevante la necesidad de conexión con la individualidad de este a través de un espacio vincular a partir de sus representaciones, tanto en las temáticas a incorporar por sus protagonistas, así como en el contenido a expresar. Puesto que el juego permite el ejercicio de recordar y trasmitir de manera particular la experiencia en contexto resiliente. De ello Cyrulnik expresa “el recuerdo resiliente no consiste en hacer regresar el sufrimiento pasado, sino, al contrario, en transformarlo, en hacer algo con él. Esta labor de representación que metamorfea el pasado y nos hace dueño de nuestros sentimientos se opone al regreso del pasado, que reproduciría el tormento (Boris Cyrulnik, año 2004, pág.159)”.

Se destaca, entonces, cómo en el acompañamiento de los procesos de superación de experiencias dolorosas en los niñ@s, el juego nos permite encontrarnos con los/as niñ@s y generar un camino de intervención particular, con objetivos relacionados con su esencia creadora. Todo juego permite que el niño exprese su sentir en relación a su mundo interno y vaya generando sus representaciones mentales. De esto la literatura expresa “la gran variedad de medios que se le proponen al niño-técnicas de expresión, de juego, de animación le permiten escoger su canal de expresión y crear un ambiente de seguridad donde se sienta a gusto para afrontar sus propias emociones (…)”. (Barudy, 2006).

A partir de lo anterior, cabe enfatizar la flexibilidad de los equipos interventores en cuanto a la comprensión del tipo de juego, la expresión del niño y las variaciones del mismo respecto al momento del periodo interventivo. Lo acontecido en el juego también favorece el encuentro con nuevas formas de afrontamientos resilientes que repercutirían en el proceso de resignificación, así como también nuevos participantes incorporados en la escena, los que pueden surgir desde lo simbólico y/o desde lo real.

Adicionalmente, lo que sucede in situ en el juego, permite ampliar las conexiones neurales de manera significativa, ya que la creación constante y la posibilidad de aprendizaje genera un ejercicio sináptico, de esta forma el acompañamiento terapéutico basado en el derecho al juego permite realizar un apoyo significativo para ampliar e incorporar nuevos elementos que generen seguridad y protección.

Así las posibilidades de cambio, a través de la terapia de juego nos invitan a recordar las instancias de construcción de motivo de consulta, ya que desde la práctica diaria se observa que en las primeras entrevistas con los niños surge de manera espontánea y recurrente “me gustaría volver jugar”, generándose de manera explícita el deseo del niñ@s de experimentar mediante una actividad que es desde su dominio, la posibilidad de cambio y superación de la(s) experiencia de vulneración. –

Bibliografía:
 Barudy, J (1998) “Dolor invisible de la infancia”. Una lectura ecosistémica del maltrato infantil. Editorial Paidos. Barcelona.
 Cyrulnik, B (2004) “El amor que nos cura”. Editorial Gedisa. Barcelona.